De Portomarín a Palas de Rei
El cafecito y el bizcocho ya forman parte de nuestra rutina sagrada. Es el combustible necesario antes de enfrentarse a los kilómetros que tenemos por delante.


Entre bosques y una lluvia que no moja
Hoy salimos nada más amanecer y parece que «Antuán espantanubes» no está muy fino. Ha empezado a caer agua —que no a llover— nada más cruzar el puente de Portomarín. Esa lluvia fina, el orballo gallego, asustaba más que mojaba, pero nos ha tenido en un baile constante de ponernos y quitarnos el chubasquero cada pocos minutos.

A pesar del clima, el paisaje sigue siendo digno de mención: praderas infinitas, bosques de castaños centenarios y eucaliptos que perfuman el aire húmedo. El Camino, desde cualquier perspectiva, es sencillamente bonito. Sigo sacando fotos de cada rincón; cuando tenga editadas todas las entradas del blog, colocaré una galería completa al final de cada crónica para que podáis ver la belleza de esta ruta.
Parada técnica en Ventas de Narón
Hacemos nuestra única parada del día en Casa Molar, en Ventas de Narón. Este lugar es un enclave con mucha historia, pues se dice que en estas tierras las tropas cristianas libraron importantes batallas en el siglo IX. Hoy, afortunadamente, la única lucha es por decidir qué pedir. Las empanadas están geniales; las tortillas algo menos, pero en general ha sido un buen descanso para recuperar fuerzas.
Sin embargo, no todo es camino de rosas. Joaquín lleva la zona de la espinilla bastante inflamada y le cuesta trabajo caminar, sobre todo en las cuestas abajo, que es donde más sufre el músculo. Debido a esto, hoy hemos ido un poco más despacio. Creo que, poco a poco, nos estamos calmando y encontrando nuestro ritmo real, sin prisas externas. Aun así, hemos completado los veinticinco kilómetros en unas seis horas.
Llegada a Palas de Rei: Escaleras y humor gallego
Nada más llegar a Palas, y antes incluso de ir al albergue, hemos pasado por la farmacia. Le he recomendado a Joaquín el mítico Radio Salil, a ver si le ayuda con la inflamación para mañana.
Para esta noche nos alojamos en el albergue Caballo Verde. Lo primero que te encuentras es un largo tramo de escaleras para llegar a la recepción y un recepcionista bastante bromista. Al decirle que teníamos reserva de una habitación triple, nos soltó muy serio que sí, que la teníamos… pero para mañana. ¡Casi no nos reponemos del susto!
Finalmente, resultó ser una broma. Tenemos la habitación a cincuenta y siete escalones de la calle (¡lo que le faltaba a Joaquín!). Quitando ese detalle, es una buena estancia con tres camas y baño privado, aunque el acceso sea exterior.
Atardecer en Palas y gastronomía local
Para comer fuimos a Casa Curro. Es el sitio más recomendado en internet, y aunque no estuvo mal, estoy seguro de que debe de haber otras opciones mejores en Palas. Los cafés y los orujos nos los tomamos en el Restaurante Castro, para entrar un poco en calor después de la jornada.
Tras la obligatoria rutina de limpieza y secado de ropa, salimos a dar una vuelta por Palas de Rei. Foto por aquí, foto por allá. Es un pueblo con un encanto especial donde se respira el espíritu jacobeo en cada esquina. Cumplimos con el corto ritual de todos los años: foto del ayuntamiento, del escudo de la ciudad y detenernos ante la fuente de San Tirso. Es imposible no fijarse en la portada románica de la iglesia de San Tirso, que ha visto pasar a millones de peregrinos desde el siglo XII, recordándonos que somos solo una pequeña parte de esta historia milenaria.
Para acabar el día, cometimos el error de volver al Restaurante Castro: una mini cena a «maxi precio». A veces te das cuenta perfectamente de cuándo te están timando por ser turista. Me lo apunto en la lista negra para no volver.
Ya de vuelta en el albergue, cerramos el día con la vista puesta en el mapa. Mañana iremos a Arzúa. Será la etapa más larga, aunque, según dicen, no la más dura. Veremos qué nos depara el Camino.
Hasta mañana.
Precio aprox.
Comodidad / Valoración
Extras